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Literatura castellana Edad Media


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_______________________________________________________Literatura castellana

Edad Media

Siglo XV

El humanismo.


- Se llama humanismo a un movimiento intelectual, de origen italiano, que se difunde por toda Europa y cuyo impulso había sido Francesco Petrarca. Los humanistas restauran el saber griego y romano, mal conocido durante la Edad Media. Rescatan del olvido textos clásicos que permanecían manuscritos en bibliotecas conventuales o palaciegas, y los publican con gran pulcritud. También, restauran la visión del hombre y del mundo que poseía la Antigüedad grecorromana, e imitan en sus escritos el estilo perfecto de aquellos modelos. Impulsan el estudio del latín y también del griego, y quieren que las lenguas vulgares de sus países, alcancen la majestad y perfección de la latina.

- Frente al pasado cultural teocéntrico, sitúan al hombre en el centro de sus preocupaciones (antropocéntrico), en un intento de que alcance en la tierra la máxima dignidad.

Un gran humanista español de este siglo fue Elio Antonio de Nebrija, gran latinista, que publicó su Gramática castellana, que es la primera gramática de un idioma vulgar impresa en Europa, el año 1492.
La literatura española en el siglo XV:

Hay dos reinados anteriores a la unificación del país, y alcanzan gran importancia literaria.

- En Castilla, el de Juan II (1406-1454); en el que destacan tres poetas: Marqués de Santillana, Juan de Mena y Jorge Manrique.

- En Aragón, el de Alfonso V (1413-1314), en que destacan el valenciano Ausias March (1397-1459), cuya poesía influirán en los poetas castellanos, y, Joanot Martorell, autor del libro Tirant lo Blanc, un relato caballaresco.

- Durante el reinado de los Reyes Católicos se publica una de las obras más importantes: La Celestina de Fernando de Rojas.
La literatura en este siglo XV tiene dos aspectos muy diferentes:

- La poesía lírica popular anónima, de incalculable belleza, y el Romancero viejo, que es uno de nuestros más importantes tesoros literarios.

- La lírica tradicional castellana es el conjunto de poemas anónimos que ha cantado el pueblo de Castilla. Sus orígenes son inciertos, y se mantuvo en el gusto popular en los siglos posteriores. Como era una tradición oral no fue fácil su documentación, para afirmar que el pueblo cantaba y recitaba poemas, hasta que el año 1948 las investigaciones de la lengua descubren las jarchas mozárabes, quedando confirmada la hipótesis de la existencia de esta literatura popular. Podemos hablar de canciones de Planto, Llanto o Endecha, de canciones mayas, de canciones de trabajo de amor y etc.


- Romancero viejo, es el conjunto de los romances que se cantaban por los juglares y por el pueblo desde mediados o finales del siglo XIV.

Existen dos tesis sobre su origen:

- La tesis tradicionalista, que según Menéndez Pidal y su escuela, los romances fueron en un principio, fragmentos de un cantar de gesta, que, por gustar especialmente, se cantaban como poemas autónomos.

- La tesis individualista, según dicha tesis, los romances no proceden de cantares de gesta, sino que fueron creados desde un primer momento como género independiente por algún desconocido poeta cuya invención tuvo un éxito fulminante.

Romancero viejo debe distinguirse del Romancero nuevo, constituido por romances escritos por los poetas cultos de los siglos XVI y XVII. (Lope de Vega, Cervantes, Góngora, Quevedo y otros).

- También hemos de destacar las serranillas, poemas en verso corto y ritmo ligero, que a imitación de las pastorelas provenzales y francesas, describen cómo un caballero se encuentra con una serrana y la corteja con galanura y elegancia. El Marqués de Santillana, es el escritor que escribe dicho tipo de poemas.


Moza tan fermosa

nNo vi en la frontera

como una vaquera

de la finojosa.
Haciendo la vía

del Calatraveño

a Santa María,

vencido del sueño,

por tierra fragosa

perdí la carrera

do vi la vaquera

de la finojosa.
En un verde prado

de rosas y flores,

guardando ganado

con otros pastores,

la vi tan graciosa,

que apenas creyera

que fuese vaquera

de la finojosa.
No creo las rosas

de la primavera

sean tan hermosas

ni de tal manera

hablando sin glosa

si antes supiera

de aquella vaquera

de la finojosa.
No tanto mirara

su mucha beldad,

porque me dejara

en mi libertad.

Mas dije: “Donosa

por saber quién era,

¿aquella vaquera

de la hinojosa…?”
Bien como riendo,

dijo: “Bien vengades,

que ya bien entiendo

lo que demandades:

no es deseosa

de amar, ni lo espera

aquesa vaquera

de la finojosa.




- La poesía culta, cultivada en la corte y en los palacios, tiene dos manifestaciones importantes:

- Arte real, la que se expresa en versos octosílabos, aunque en ocasiones se introducen otros más cortos.

La temática del arte real es el amor, a excepción de las Coplas de Jorge Manrique. Su concepción amorosa deriva de Provenza, cuyos trovadores habían creado una doctrina del amor que se extiende por toda Europa.



Sentimientos amorosos que muestran los poetas del Cancionero, es casi sólo un pretexto para el ingenio: juegan con las palabras, las oponen, las repiten, las colocan en antítesis o en construcciones paralelas, etc. Y, con ellas, formulan un pensamiento, un concepto más o menos ingenioso. Amor se concibe como un servicio a la dama, el amador padece, llora recibe heridas que lo matan, no puede sufrir su ausencia. Todo con exageraciones o hipérboles.

Era una poesía para ser cantada y declamada en los salones cortesanos, y el poeta le importaba ser admirado por su ingenio para fabricar conceptos y por su habilidad para manifestarlos con un lenguaje lleno de artificios.
- Arte mayor castellano, versos constituidos por dos hemistiquios de dimensiones variables, en cada uno de los cuales figura una combinación formada por dos sílabas átonas entre dos tónicas.

- Los versos de arte mayor estaban reservados a materias nobles: Alegorías a la manera de Dante Alighieri, a asuntos historiales, a vidas de santos etc.

- Los poetas que cultivan este arte hacen alarde de su saber histórico, mitológico, geográfico etc. Y utilizan numerosos latinismos, muchas veces extravagantes, y complicados hipérbatos, o alteraciones del orden sintáctico, intentando imitar el latín.

Muchos escritores de la época cultivan a la vez, el arte real y el arte mayor.



JORGE MANRIQUE: La vida como río


Es Jorge Manrique el primer gran poeta de la España moderna, la que nace con los Reyes Católicos, aunque también puede decirse que es el último gran poeta de la España que cierra la Edad Media y se abre a una nueva era con Isabel y Fernando. Dentro de los signos curiosos que esmaltan su reinado, no es menor que su primer año coincida con el de la muerte del primer poeta de Castilla defendiendo precisamente el derecho al trono de Isabel. No es tampoco casualidad que inaugure la gran serie de poetas inmensos en la lengua de España con brevísima obra. A Jorge Manrique le bastaron unas pocas estrofas de un solo poema para ganar fama imperecedera. También Garcilaso escribió muy poco, Fray Luis de León apenas una docena de poemas y de San Juan de la Cruz se recuerdan tres y hasta con uno bastaría. El paladar del lector de poesía estaba hecho al gusto exquisito y popular de los romances, que ya en el siglo XV se constituyen en el Banco de España de nuestra divisa lírica. No ya una lengua y una literatura sino toda una historia se justificarían sólo por el Romancero. Pero además, con Jorge Manrique, la poesía en español -en su tiempo, la lengua de Castilla es ya la lengua franca de toda la Península, primera o segunda de todos los que sabían leer y escribir- comienza a ser una empresa individual, al margen de los gustos de la corte y de las modas literarias. Inaugura la poesía como hecho individual, como expresión de sentimientos que sabemos a qué y a quién corresponden. La poesía no nace con él, pero él es nuestro primer lírico puro.

Jorge Manrique tiene además un misterio especial, un algo mágico que lo identifica con una época y una sensibilidad que nos parecen fijados de una vez y para siempre por la sola gracia de unos pocos versos. El culto que los lectores han rendido desde hace cinco siglos al hijo de Don Rodrigo Manrique, dedicatario del primer gran poema de su género en nuestra lengua, viene siendo inalterable, regular, sencillo, clásico, tan normal como el que puede rendirse a la Naturaleza. Y todo nace del prodigio de esas «Coplas por la muerte de su padre» que comienzan:



Recuerde al alma dorminda,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;

aunque la estrofa más popular es la sexta:



Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu´es el morir.
Allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir.

¿Sólo esto basta para hecer imperecedera la gloria de un poeta? Pues sí, basta y sobra. Su sencillez, su falta de apresto y su naturalidad son precisamente las virtudes que lo han canonizado sobre la inmensa tribu de los versificadores. Pero además Jorge Manrique tiene en torno a su nombre un conjunto de hallazgos, una conjunción de misterios que nos permiten explicarnos no ya su valía -que nada importa a los inmunes al encanto difícil de la poesía, en arcano para la mayoría de los humanos- sino esa permanente popularidad suya, esa inquebrantable devoción secular.

Jorge Manrique llevaba uno de los apellidos más ilustres y antiguos de Castilla, el que pasó precisamente al Romancero con los Siete Infantes de Lara. Sin embargo, se podó el apellido célebre -Manrique de Lara- como para dejarlo sin hojarasca, por noble que fuera. Era hijo de uno de los hombres más poderosos de su época, don Rodrigo Manrique, Comendador de la Orden de Santiago, gran guerrero, político tenaz, noble turbulento, como todos los de su tiempo y emparentado con la familia de los Mendoza. Pero la vida de Jorge Manrique, que podía haber dado para una gran crónica cortesana, política y militar se quedó o alcanzó a quedarse sólo en elegía.

Era Jorque Manrique sobrino, hijo y hermano de poetas, entre los que destaca su tío Gómez Manrique, uno de los tres o cuatro mejores del siglo XV si su sobrino carnal no los hubiera eclipsado a todos. Por los datos que tenemos, escasos y convencionales, no hay la menor sospecha de enfrentamiento generacional o familiiar, más bien todo lo contrario. Jorge, que nació en Paredes de Nava, tierras de Palencia, en 1440, parece haber seguido con aprovechamiento los estudios de Humanidades y se adiestró concienzudamente en el oficio militar que su tradición y su época requerían. A los cuatro años perdió a su madre, doña Mencía de Figueroa, y su padre se volvió a casar dos años después con doña Beatriz de Guzmán.

Quince años duró el matrimonio, por lo que cabe pensar que ella fue, si se dejó, la madre real del poeta, aunque éste guardara siempre el recuerdo de la verdadera.

Su boda a los 26 años denota lo identificado que estaba Jorge Manrique con su familia: en 1469 se casa por tercera vez su padre con doña Elvira de Castañeda y al año siguiente, 1470, se casa Jorge con la hermana de su madrastra, doña Guiomar. Para entonces ya eran célebres su valor y arrojo en el campo de batalla. La primera vez que aparece al frente de la caballería es en el asedio al castillo de Montizón y tenía 24 años. Participa en las innumerables batallas por la sucesión en la Corona de Castilla, siempre del lado de Isabel. No conoció sólo la gloria. La primera parte de la guerra fue penosísima y él mismo fue hecho prisionero cuando trataba de tomar la ciudad de Baza. Su hermano Rodrigo murió en el mismo hecho de armas.

Pero la muerte esencial, en su vida y en nuestra literatura, se había producido un año antes, en 1476. Don Rodrigo, el padre, murió en Ocaña el 11 de noviembre, víctima de un cáncer que le devoró el rostro. Semejante imagen de las Postrimerías, medieval hasta la caricatura pero terriblemente real, marcó indudablmente a Jorge, que expresó por ello en las Coplas no sólo el elogio fúnebre a su progenitor sino la contemplación misma de la vida como bien perecedero y mortal, del tiempo como víctima del tiempo, de la belleza como objeto de nostalgia más que de celebración. Cuando dice «Los infantes de Aragón, / ¿qué se hicieron?», recuerda a los hijos de Fernando de Antequera y lo hace con afecto, porque su familia era tradicionalmente aliada del bando aragonés de Castilla, pero se acuerda sobre todo de su niñez, cuando aquellos galanes supieron conquistar la Corte. Tampoco queda nada de ellos.

El tema clásico del Ubi sunt? pierde su carácter convencional por acercar formas vividas de lo fugaz: su padre, su niñez, el Tiempo. Su propio tiempo. Era Jorge Manrique amigo de la tristeza y deudo de la melancolía, quizá persuadido de que la muerte le rondaba. Y fue así: asediando el castillo de Garcimuñoz cayó gravemente herido y murió poco después, en Santa María del Campo. Era el 24 de abril de 1479. Seguramente una lluvia fina calaba las tierras altas de Castilla, los soldados volvían con sus armaduras manchadas de sangre y de barro, aún no salía el sol y ya se ponía para aquel noble guerrero que en sus ratos libres, siguiendo la tradición familiar, escribía algún poema.

No llegó a cumplir los 40 años. No pudo ver cómo Isabel de Castilla, por la que tanto arriesgó su vida y finalmente la perdió, empezaba, junto a Fernando de Aragón, el reinado más importante de la Historia de España. Sin duda soñó con la gloria, la de su casa, la de su patria, pero a todo se sobrepuso veloz el tiempo. Su verso claro no tenía rostro: se lo prestó un caballero de la Orden de Santiago, Martín Vázquez de Arce, enterrado en Sigüenza. Hay sobre el sepulcro un guerrero que lee un libro con gesto de melancolía. Es una de las esculturas más hermosas de España. Mucha gente cree que es una evocación de Jorge Manrique. Desde luego no se trata de un equívoco o de un error. La imagen del Doncel de Sigüenza, siendo absolutamente singular, resulta casi intemporal por la armonía interior que trasluce y la perfecta simetría de los rasgos. Podría decirse que es típicamente renacentista, pero tampoco hay en ella el júbilo de las formas y la rotundidad de las celebraciones del volumen humano al modo del siglo XVI.

Se ha interpretado, por eso mismo, como un gesto de despedida del Renacimiento a la Edad Media, con su inmensa fuerza desgarrada, sus convulsiones alucinadas y sus vértigos angélicos. Como si en el pasado turbulento se perdiera también algo de la alegría salvaje de los siglos oscuros. Como si la claridad de la piedra noble no alcanzara a consolarnos de la pérdida de aquel terror donde se escondía la nostalgia del Infinito. Tanto sugiere esa piedra que, como símbolo de lo que Huizinga llamó El otoño de la Edad Media, alguién acabó identificándola con Jorge Manrique. Y acertó.


Obra y estilo


Cultivó el arte real; pero debe su fma a un poema bien alejado de la temática amatoria: la Coplas por la muerte de su padre, que hacen de él uno de los más extraordinarios poeta españoles.

Las coplas: escritos en coplas de pie quebrado (doce versos, de los cuales, 1º y 2º, 4º y 5º, 7º y 8º, son octosílabos, y 3º, 6º, 9º 12º, tetrasílabos), constituyen una dramática elegía. Manrique lamenta melancólica y sentenciosamente la inestabilidad de la fortuna, la fugacidad de las glorias humanas y el poder igualatario de la muerte. Sólo los méritos personales, la fama bien fundada, vence al tiempo. En las diecisiete últimas coplas, el poeta, lleno de esperanza en la vida ultraterrena, hace el elogio fúnebre de su padre, don Rodrigo Manrique.

El famoso poema condensa los principios fundamentales de la filosofía cristiana. Su sobriedad expresiva y su llano lenguaje, comprensible para todos; su estrofa, cuya marcha lenta interrumpida por los versos tetrasílabos (pies quebrados), sugieren un ritmo funeral; el sereno y hondo sentimeinto humano y filial que manifiestan, hacen de él una de las obras maestras de la lírica española.

En la coplas 35 y 36 se refiere a la vida de la fama. Se anuncia ya aquí el próximo Renacimiento. Sólo con dos "vidas" contaba la Edad Media: la terrenal (un valle de lágrimas) y la sobrenatural, tras la muerte. El Humanismo va imponiendo la idea de que también en este mundo hay un modo de perduración gloriosa: el heroísmo, la perfección religiosa, y también la excelencia en la religión, en las artes y en las ciencias. Todo aquello que conduce a una fama debida al valor, al sacrificio y a la inteligencia.

Coplas por la muerte de su padre

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte 5

tan callando,

cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer, 10

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.
Pues si vemos lo presente

cómo en un punto se es ido

y acabado, 15

si juzgamos sabiamente,

daremos lo no venido

por pasado.

No se engañe nadie, no,

pensando que ha de durar 20

lo que espera,

más que duró lo que vio

porque todo ha de pasar

por tal manera.


Nuestras vidas son los ríos 25

que van a dar en la mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

y consumir; 30

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

y más chicos,

y llegados, son iguales

los que viven por sus manos 35

y los ricos.


Invocación:
Dejo las invocaciones

de los famosos poetas

y oradores;

no curo de sus ficciones, 40

que traen yerbas secretas

sus sabores;

A aquél sólo me encomiendo,

aquél sólo invoco yo

de verdad, 45

que en este mundo viviendo

el mundo no conoció

su deidad.


Este mundo es el camino

para el otro, que es morada 50

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada

sin errar.

Partimos cuando nacemos, 55

andamos mientras vivimos,

y llegamos

al tiempo que fenecemos;

así que cuando morimos

descansamos. 60


Este mundo bueno fue

si bien usáramos de él

como debemos,

porque, según nuestra fe,

es para ganar aquél 65

que atendemos.

Aun aquel hijo de Dios,

para subirnos al cielo

descendió

a nacer acá entre nos, 70

y a vivir en este suelo

do murió.


Ved de cuán poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos, 75

que en este mundo traidor,

aun primero que muramos

las perdamos:

de ellas deshace la edad,

de ellas casos desastrados 80

que acaecen,

de ellas, por su calidad,

en los más altos estados

desfallecen.


Decidme: la hermosura, 85

la gentil frescura y tez

de la cara,

el color y la blancura,

cuando viene la vejez,

¿cuál se para? 90

Las mañas y ligereza

y la fuerza corporal

de juventud,

todo se torna graveza

cuando llega al arrabal 95

de senectud.


Pues la sangre de los godos,

y el linaje y la nobleza

tan crecida,

¡por cuántas vías y modos 100

se pierde su gran alteza

en esta vida!

Unos, por poco valer,

¡por cuán bajos y abatidos

que los tienen! 105

otros que, por no tener,

con oficios no debidos

se mantienen.


Los estados y riqueza

que nos dejan a deshora, 110

¿quién lo duda?

no les pidamos firmeza,

pues son de una señora

que se muda.

Que bienes son de Fortuna 115

que revuelven con su rueda

presurosa,

la cual no puede ser una

ni estar estable ni queda

en una cosa. 120


Pero digo que acompañen

y lleguen hasta la huesa

con su dueño:

por eso nos engañen,

pues se va la vida apriesa 125

como sueño;

y los deleites de acá

son, en que nos deleitamos,

temporales,

y los tormentos de allá, 130

que por ellos esperamos,

eternales.


Los placeres y dulzores

de esta vida trabajada

que tenemos, 135

no son sino corredores,

y la muerte, la celada

en que caemos.

No mirando nuestro daño,

corremos a rienda suelta 140

sin parar;

desque vemos el engaño

y queremos dar la vuelta,

no hay lugar.


Si fuese en nuestro poder 145

hacer la cara hermosa

corporal,

como podemos hacer

el alma tan glorïosa,

angelical, 150

¡qué diligencia tan viva

tuviéramos toda hora,

y tan presta,

en componer la cativa,

dejándonos la señora 155

descompuesta!


Esos reyes poderosos

que vemos por escrituras

ya pasadas,

por casos tristes, llorosos, 160

fueron sus buenas venturas

trastornadas;

así que no hay cosa fuerte,

que a papas y emperadores

y prelados, 165

así los trata la muerte

como a los pobres pastores

de ganados.


Dejemos a los troyanos,

que sus males no los vimos 170

ni sus glorias;

dejemos a los romanos,

aunque oímos y leímos

sus historias.

No curemos de saber 175

lo de aquel siglo pasado

qué fue de ello;

vengamos a lo de ayer,

que también es olvidado

como aquello. 180


¿Qué se hizo el rey don Juan?

Los infantes de Aragón

¿qué se hicieron?

¿Qué fue de tanto galán,

qué fue de tanta invención 185

como trajeron?

Las justas y los torneos,

paramentos, bordaduras

y cimeras,

¿fueron sino devaneos? 190

¿qué fueron sino verduras

de las eras?


¿Qué se hicieron las damas,

sus tocados, sus vestidos,

sus olores? 195

¿Qué se hicieron las llamas

de los fuegos encendidos

de amadores?

¿Qué se hizo aquel trovar,

las músicas acordadas 200

que tañían?

¿Qué se hizo aquel danzar,

aquellas ropas chapadas

que traían?


Pues el otro, su heredero, 205

don Enrique, ¡qué poderes

alcanzaba!

¡Cuán blando, cuán halaguero

el mundo con sus placeres

se le daba! 210

Mas verás cuán enemigo,

cuán contrario, cuán cruel

se le mostró;

habiéndole sido amigo,

¡cuán poco duró con él 215

lo que le dio!


Las dádivas desmedidas,

los edificios reales

llenos de oro,

las vajillas tan febridas, 220

los enriques y reales

del tesoro;

los jaeces, los caballos

de sus gentes y atavíos

tan sobrados, 225

¿dónde iremos a buscallos?

¿qué fueron sino rocíos

de los prados?


Pues su hermano el inocente,

que en su vida sucesor 230

se llamó,

¡qué corte tan excelente

tuvo y cuánto gran señor

le siguió!

Mas, como fuese mortal, 235

metióle la muerte luego

en su fragua.

¡Oh, juïcio divinal,

cuando más ardía el fuego,

echaste agua! 240


Pues aquel gran Condestable,

maestre que conocimos

tan privado,

no cumple que de él se hable,

sino sólo que lo vimos 245

degollado.

Sus infinitos tesoros,

sus villas y sus lugares,

su mandar,

¿qué le fueron sino lloros? 250

¿Qué fueron sino pesares

al dejar?


Y los otros dos hermanos,

maestres tan prosperados

como reyes, 255

que a los grandes y medianos

trajeron tan sojuzgados

a sus leyes;

aquella prosperidad

que tan alta fue subida 260

y ensalzada,

¿qué fue sino claridad

que cuando más encendida

fue amatada?


Tantos duques excelentes, 265

tantos marqueses y condes

y varones

como vimos tan potentes,

di, muerte, ¿dó los escondes

y traspones? 270

Y las sus claras hazañas

que hicieron en las guerras

y en las paces,

cuando tú, cruda, te ensañas,

con tu fuerza las atierras 275

y deshaces.


Las huestes innumerables,

los pendones, estandartes

y banderas,

los castillos impugnables, 280

los muros y baluartes

y barreras,

la cava honda, chapada,

o cualquier otro reparo,

¿qué aprovecha? 285

que si tú vienes airada,

todo lo pasas de claro

con tu flecha.


Aquél de buenos abrigo,

amado por virtuoso 290

de la gente,

el maestre don Rodrigo

Manrique, tanto famoso

y tan valiente;

sus hechos grandes y claros 295

no cumple que los alabe,

pues los vieron,

ni los quiero hacer caros

pues que el mundo todo sabe

cuáles fueron. 300


Amigo de sus amigos,

¡qué señor para criados

y parientes!

¡Qué enemigo de enemigos!

¡Qué maestro de esforzados 305

y valientes!

¡Qué seso para discretos!

¡Qué gracia para donosos!

¡Qué razón!

¡Cuán benigno a los sujetos! 310

¡A los bravos y dañosos,

qué león!


En ventura Octaviano;

Julio César en vencer

y batallar; 315

en la virtud, Africano;

Aníbal en el saber

y trabajar;

en la bondad, un Trajano;

Tito en liberalidad 320

con alegría;

en su brazo, Aureliano;

Marco Tulio en la verdad

que prometía.


Antonio Pío en clemencia; 325

Marco Aurelio en igualdad

del semblante;

Adriano en elocuencia;

Teodosio en humanidad

y buen talante; 330

Aurelio Alejandro fue

en disciplina y rigor

de la guerra;

un Constantino en la fe,

Camilo en el gran amor 335

de su tierra.


No dejó grandes tesoros,

ni alcanzó muchas riquezas

ni vajillas;

mas hizo guerra a los moros, 340

ganando sus fortalezas

y sus villas;

y en las lides que venció,

muchos moros y caballos

se perdieron; 345

y en este oficio ganó

las rentas y los vasallos

que le dieron.


Pues por su honra y estado,

en otros tiempos pasados, 350

¿cómo se hubo?

Quedando desamparado,

con hermanos y criados

se sostuvo.

Después que hechos famosos 355

hizo en esta misma guerra

que hacía,

hizo tratos tan honrosos

que le dieron aún más tierra

que tenía. 360

Estas sus viejas historias

que con su brazo pintó

en juventud,

con otras nuevas victorias

ahora las renovó 365

en senectud.

Por su grande habilidad,

por méritos y ancianía

bien gastada,

alcanzó la dignidad 370

de la gran Caballería

de la Espada.


Y sus villas y sus tierras

ocupadas de tiranos

las halló; 375

mas por cercos y por guerras

y por fuerza de sus manos

las cobró.

Pues nuestro rey natural,

si de las obras que obró 380

fue servido,

dígalo el de Portugal

y en Castilla quien siguió

su partido.

Después de puesta la vida 385

tantas veces por su ley

al tablero;

después de tan bien servida

la corona de su rey

verdadero: 390

después de tanta hazaña

a que no puede bastar

cuenta cierta,

en la su villa de Ocaña

vino la muerte a llamar 395

a su puerta,


diciendo: «Buen caballero,

dejad el mundo engañoso

y su halago;

vuestro corazón de acero, 400

muestre su esfuerzo famoso

en este trago;

y pues de vida y salud

hicisteis tan poca cuenta

por la fama, 405

esfuércese la virtud

para sufrir esta afrenta

que os llama.


No se os haga tan amarga

la batalla temerosa 410

que esperáis,

pues otra vida más larga

de la fama glorïosa

acá dejáis,

(aunque esta vida de honor 415

tampoco no es eternal

ni verdadera);

mas, con todo, es muy mejor

que la otra temporal

perecedera. 420


El vivir que es perdurable

no se gana con estados

mundanales,

ni con vida deleitable

en que moran los pecados 425

infernales;

mas los buenos religiosos

gánanlo con oraciones

y con lloros;

los caballeros famosos, 430

con trabajos y aflicciones

contra moros.


Y pues vos, claro varón,

tanta sangre derramasteis

de paganos, 435

esperad el galardón

que en este mundo ganasteis

por las manos;

y con esta confianza

y con la fe tan entera 440

que tenéis,

partid con buena esperanza,

que esta otra vida tercera

ganaréis.»


«No tengamos tiempo ya 445

en esta vida mezquina

por tal modo,

que mi voluntad está

conforme con la divina

para todo; 450

y consiento en mi morir

con voluntad placentera,

clara y pura,

que querer hombre vivir

cuando Dios quiere que muera 455

es locura.


Oración:
Tú, que por nuestra maldad,

tomaste forma servil

y bajo nombre;

tú, que a tu divinidad 460

juntaste cosa tan vil

como es el hombre;

tú, que tan grandes tormentos

sufriste sin resistencia

en tu persona, 465

no por mis merecimientos,

mas por tu sola clemencia

me perdona.»


Fin:
Así, con tal entender,

todos sentidos humanos 470

conservados,

cercado de su mujer

y de sus hijos y hermanos

y criados,

dio el alma a quien se la dio 475

(en cual la dio en el cielo

en su gloria),

que aunque la vida perdió

dejónos harto consuelo

su memoria. 480



Estrofa: Coplas de pie quebrado

Sílabas: Ocho y cuatro (cada estrofa sigue el esquema:

8-8-4, 8-8-4, 8-8-4, 8-8-4)


1 2 3 4 5 6 7 + 1 = 8

Recuerde_el alma dormida,


1 2 3 4 5 6 7 + 1 = 8

avive_el seso_y despierte


1 2 3 + 1 = 4

contemplando


1 2 3 4 5 6 7 + 1 = 8

cómo se pasa la vida,


1 2 3 4 5 6 7 + 1 = 8

cómo se viene la muerte


1 2 3 + 1 = 4

tan callando,


A veces hay enlace entre la última vocal de un verso y la primera

del verso corto (pie quebrado) que sigue, porque el verso corto es

como una extensión del verso anterior:
1 2 3 4 5 6 7 + 1 = 8

el alma tan glorï-osa,_


1 2 3 + 1 = 4

_angelical,

Algo análogo puede ocurrir cuando un verso es agudo:
1 2 3 4 5 6 7 + 1 = 8

porque todo_ha de pasar_


1 2 3 + 1 = 4 [«Por» funciona como la sílaba

_por tal manera. número ocho del verso anterior.]



Rima: Rima perfecta con el esquema abcabcdefdef
Recuerde el alma dormida, a

avive el seso y despierte b

contemplando c

cómo se pasa la vida, a

cómo se viene la muerte b

tan callando, c

cuán presto se va el placer, d

cómo, después de acordado, e

da dolor; f

cómo, a nuestro parecer, d

cualquiera tiempo pasado e

fue mejor. f



FERNANDO DE ROJAS

Nación en Puebla de Montalbán (Toledo), hacia 1475. Fue converso o de familia conversa; estudió leyes en Salamanca. Fue Alcalde Mayor de Talavera de la Reina 1538; y poseyó una notable biblioteca.


Obra y estilo

La Celestina, es la obra más importante de la literatura española.

Está totalmente escrita en forma dialogada, pero no es representable, dada su gran extensión. Pertenece a un género característicamente medieval, llamado comedia humanística.

L a obra debe su trascendencia al vigor con que los personajes viven pasiones incontenibles, llevadas al extremo de un desenlace trágico.

En primer lugar, la pasión del amor físico entre los jóvenes protagonistas, Calisto y Melibea. Para entablar conocimiento, y para satisfacer sus deseos, se valen de los servicios de una vieja, Celestina, que explota su amor y su lujuria. Es un personaje de hondas raíces medievales, encarna la pasión de la codicia. Rojas ha sabido crearlo con una potencia que lo convierte en uno de los grandes personajes de la literatura mundial.

Melibea y Calisto viven en un mundo refinadamente burgués; Celestina se mueve entre ese mundo, al que halaga con sus hipocresías, y el de los criados de Calisto y las gentes del prostíbulo. Son dos ambientes que sólo se diferencian en las formas. Rojas hace que personajes "nobles" y "Plebeyos" convivan en una misma obra, dando a ambos idéntica importancia.

Hace hablar a los personajes según su condición social y según las circunstancias en que actúan.

Calisto y Melibea se expresan en un tono elevado, culto, elegíaco, lírico, con una retórica latinizante de extraordinaria complejidad, propia de la comedia humanística. A veces, los criados de Calisto se burlan de cómo habla su amo.

Los coloquios en que intervienen Celestina, los criados, las rameras y los rufianes son, en cambio vivos, punzantes, incluso salaces. Brotan los refranes, los insultos, las frases cortas del lenguaje popular. Celestina, además, emplea abundantes refranes; se trata de una convención literaria para caracterizar a los personajes incultos, que ya utilizó el Arcipreste de Hita, y que prolongarán Cervantes y otros grandes autores del siglo de Oro.

La Celestina es considerada como la obra cumbre de la literatura en castellano después del Quijote. Tuvo un éxito de publico extraordinario desde su primera aparición por eso se conservan bastantes ejemplares que proceden de primeras ediciones antiguas e incluso tempranas traducciones. El texto de estas ediciones no es el mismo ya que el autor fue modificando la obra. La primera edición y más antigua de las conservadas se imprimió en Burgos, por Fadrique de Basilea en 1499, y consta de dieciséis actos con el título de Comedia de Calisto y Melibea. Hubo después varias segundas ediciones de Toledo, Valencia y Salamanca (1500), de las que se conserva la de Toledo, impresa por Pedro Hagenbachc, que añade los versos acrósticos. Estos libros tienen en común el título, que constan de dieciséis actos, que incluye una carta del autor a un amigo en el que le dice que se ha encontrado un texto anónimo y que como le ha gustado mucho ha decidido reunirlo todo en un acto —el primero— y concluir la obra. Después siguen los versos acrósticos sobre la intención de la obra en los que figura su nombre, aunque ningún ejemplar está firmado. Entre 1502 y 1507 aparecieron muchas ediciones ampliadas y con el título de Tragicomedia de Calisto y Melibea, y también El libro de Calisto y Melibea y de la puta vieja Celestina, en Sevilla, Toledo, Salamanca y Zaragoza; ésta, de 1507, es la más antigua que se conserva de la Tragicomedia, que inserta cinco actos nuevos entre el XIV y el XV de la Comedia, fijándose el texto en veintiún actos definitivamente. Dado el enorme éxito de la obra y la garra del personaje de la alcahueta empezó a llamársela La Celestina, título que ha triunfado, y además el nombre del personaje ha pasado a designar en el léxico español a aquellas mujeres que median en amores bien por interés o gusto.

El argumento de La Celestina procede de una comedia latina medieval Panphilus, que cuenta cómo un caballero enamora a una dama gracias a los ardides de una vieja, que a su vez está tomada de las comedias de Plauto. La deuda al Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita es indudable. Calisto y Melibea son prototipos del amor cortés y en la obra se tocan los tres grandes temas medievales: el amor, la fortuna y la muerte. Pero anuncia el renacimiento porque ninguno de estos temas se trata de una manera jerarquizada sino individualizada: cada personaje es autónomo y se labra su propio fin, con independencia de cuál sea su cuna y rango social. Hay también una sensualidad más exaltada que reprimida y en ningún momento se plantea la posibilidad de que los jóvenes enamorados tengan intención de casarse como hubiese sido el fin natural en el teatro coetáneo. A Rojas le interesa retratar una sociedad desasosegada y explorar el mundo de las pasiones humanas, lo que le aleja de los ejemplos medievales de premios y castigos transcendentes según la vida llevada.

 

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