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CRÓnicas malditas


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CRÓNICAS MALDITAS

Olga Wornat


La periodista argentina Olga Wornat, que alcanzó fama inmediata en México con su libro La Jefa, nos ofrece ahora un nuevo título tanto o más polémico que el anterior: Crónicas malditas. En estas crónicas se refiere esencialmente a las elites políticas de varios países de América Latina. Los personajes que describe nos hablan de rapacidad, rastacuerismo, derroche y venalidad sin límite. El libro de Wornat –más conocido ahora por las denuncias presentadas en su contra por Marta Sahagún de Fox, la actual Primera Dama de México, y de su hijo Manuel Bribiesca Sahagún que por su contenido– no omite en su empeño crítico ni a su propia autora. Si el porcentaje de realidades comprobables pudiera resultar mayor al de las apreciaciones subjetivas y sin correlato alguno con los hechos, ello no invalida sus páginas ardientes –tanto por lo que revelan cuanto por la pasión con que fueron escritas. En ellas podrán encontrar las y los políticos a los que fustigan el merecido flagelo por los actos en que incurrieron, y aquellos que pudieran llegar a cometer actos semejantes el escarmiento anticipado en cabeza ajena.

“¡Me traicionó, Vicente, me traicionó! Me voy a vengar, me voy a vengar de esa maldita” –gritaba Marta Sahagún de Fox, mientras sacudía un ejemplar de La Jefa. “Nosotros le abrimos las puertas de nuestra casa, y mira cómo nos pagó.”


En aquel verano ardiente de 2003, Marta era “el verdadero poder” en Los Pinos y yo, la traidora, la maldita villana. Lo de maldita y villana no me desagrada. Sobre todo si la calificación proviene de arribistas sin vuelo intelectual, insolidarios y despilfarradores del erario, que confunden una entrevista periodística con la complicidad de una plática amistosa. Nunca pude traicionar a Marta Sahagún porque nunca fui su amiga ni establecimos reglas previas a la entrevista. Nunca he escrito por mandato. Lo hago porque me apasiona, no para alimentar las ridículas veleidades de la grandeza de nadie.
Las historias de individuos que creí sepultar después de concluir La Jefa, por destino o por azar, se cruzaron de nuevo en mi camino. Decidí entonces descorrer el cortinado. Dejarlo por escrito. Para que se sepa y para que ningún viento borre sus huellas. Aquí están y aquí estoy.
A Manuel Espino, el bárbaro del Norte identificado con la ultraderecha, lo increpó Marta Sahagún. “¡Te uniste a mis enemigos!” En la Cumbre de Monterrey, el ahora presidente de Acción Nacional había declarado que los mexicanos no aceptarían la candidatura de Marta Sahagún porque eso “sería perpetuar en el poder los intereses de una familia”. Espino, apodado “El Füherer”, mordía aparentemente el polvo. El acuerdo para poner al PAN a su servicio, con la presencia de Vicente Fox y el influyente psicólogo Ramón Muñoz, la volvía a encaramar en las luces del poder. Las encuestas la colocaban de nuevo a la par de Andrés Manuel. “Ahora sí que nadie me detiene”, le dijo a un integrante de su círculo áulico. Ese acuerdo es el que ha hecho caminar a López Obrador, la pesadilla de la pareja presidencial, hacia el cadalso político tras su desafuero.
La VIP regiomontana Liliana Melo de Sada –esposa de Federico Sada, dueño de Vitro, y cofundadora de “Vamos México”– le organizó un ágape en “Las Águilas”, su mansión de estilo y clima exacerbados. A los mujeres allí reunidas sintetizó sus ideas en una suerte de lema: “Tú vales, tú puedes.” A la casa de los Sada-Melo acuden con frecuencia políticos y empresarios poderosos. En uno de esos convites Marta conoció a Carlos Salinas de Gortari. Desde entonces, la dama que manda en Los pinos y el señor que manda desde afuera iniciaron una especial relación político-amistosa.
Aunque Marta dijese que su proyecto es estar al lado de su esposo, y por tanto aceptar la decisión declarada por éste de regresar al rancho de San Cristóbal al término de su gestión, ella no ha abandonado la obsesión del poder. Ni siquiera cuando Vicente Fox ha afirmado, como lo hizo ante la Sociedad Interamericana de Prensa, la renuncia de su esposa a esa aspiración: “no vamos a verla a ella corriendo para la Presidencia de México”.
Con Marta Sahagún llegaron a Los Pinos prácticas extrañas, como la de fundar una organización presuntamente filantrópica que opera bajo sospecha; la de rodearse de santeros y lujos estrambóticos; de peticiones de nulidad matrimonial en las que aparecen las infidelidades y frustraciones de Fox y Sahagún en relación con sus anteriores cónyuges.
Capítulo aparte es el de los negocios turbios y la dilapidación de dinero de los Bribiesca: Manuel Bribiesca Godoy, el padre de los hijos de Marta, su hijo del mismo nombre cuya centelleante trayectoria empresarial sólo se justifica por la posición de su madre en la cima del poder, y su hermano Jorge (Sabrimex, la empresa que controla, fue Premio Nacional de Exportación en 2001), que no se queda atrás en la farra del sexenio. “Los pobres ricos” es el mote que la sociedad de Celaya les ha puesto.
La “caja” que financia la política y los desmanes privados de la casta gobernante es, desde tiempos remotos, Petróleos Mexicanos. Los hermanos Bribiesca saben bien cómo opera y, aunque nunca aparecen en los papeles, todos saben que ellos están atrás de las transacciones: tierras, haciendas, predios, urbanizaciones exclusivas, carreteras, contratos con Pemex y contrabando de productos chinos. En estos momentos, Marta y sus maravillosos hijos disputan un contrato de seguridad para las redes de Pemex por 350 millones de dólares, aliados a una empresa española.
Tan borrascosos como esos negocios es la adquisición (ilegal) del rancho El Tamarindillo, en Michoacán, mediante el prestanombres Cosme Mares, “protegido por el presidente Fox y la señora Marta Sahagún”.
Andrés Manuel López Obrador se sentía predestinado, el rayo de esperanza. Y estaba dispuesto a todo con tal de conseguir lo que se proponía: presidir desde Los Pinos, ante la decepción del gobierno del “cambio” de la derecha foxista, la alternancia de una izquierda centro-izquierda mexicana, a partir del 2006.
Su soberbia y su creencia en que nada podría detenerlo, fue incapaz de percibir la trampa que le tendía el ranchero de Guanajuato, ignorante y frívolo, que ahora, aliado a sus anteriores enemigos, olvidaba las banderas de la democracia y de la decencia con las que llegó envuelto al poder.
Apologista del martirio, López Obrador nunca pensó que el tinglado sobre el que se sostuvo gracias a sus malabarismos en público se iba a desmoronar. En un país que arde bajo una cotidianeidad política apabullante e impredecible y donde se cumplen los peores pronósticos, no es descabellado creer que un día, en Los Pinos, Roberto Madrazo le haya advertido a Vicente Fox, en presencia de Marta Sahagún: “Presidente, no podemos dejar que este loco llegue, tenemos que impedirlo de cualquier manera. Si gana, todos los que estamos aquí iremos a la cárcel.” Así fue como la idea de desaforarlo, acusándolo de desacato a una orden judicial que protegía al dueño de un predio llamado El Encino, se convirtió en la estrategia de un sexenio sin final feliz para nadie.
Nacido en Tabasco, tierra de capangas y donde todos se aman y odian con igual frenesí. López Obrador y Madrazo Pintado se detestan pero, al igual que Carlos Salinas de Gortari, el enemigo número uno de “El Peje”, están ensamblados por la misma fatalidad..
Andrés Manuel es provocador y contradictorio. Un tipo raro. De su vida pública todo se dice y nada se transforma; de su vida de ciudadano común, nada se dice y todo se transforma. Nacido en Tepetitlán, municipio de Macuspana, el tabasqueño es el mayor de siete hermanos. Uno de ellos, Juan Ramón, murió de un disparo del arma que sostenía Andrés Manuel. Según unos testimonios, los hermanos jugaban con el revólver calibre 22 de su padre y ésta se disparó matando al menor. Otros dicen que discutían y que Andrés Manuel, enfurecido, tiró sobre la cabeza de Juan Ramón. Las versiones se contradicen incluso respecto a la edad que habría tenido entonces Andrés Manuel. En unas habría tenido 11 años; en otras 16.
Retraído, buen lector y con una sólida preparación universitaria, su vida política se inicia al lado del poeta Carlos Pellicer, quien le transmite su fervor por los indígenas. Al frente del Instituto Indigenista de Tabasco revela una actitud asceta. Trabaja y escribe para mejorar la calidad de vida de los chontales. Se transforma después en el operador político de Enrique González Pedrero, gobernador del estado e ideólogo de Carlos Salinas de Gortari, y de su esposa, la escritora Julieta Campos. En 1983 fue presidente estatal del PRI y su florida vena lo llevó a componer el himno local del tricolor. Enfrentado a González Pedrero en 1984, “El Peje” asume la Dirección Social del Instituto Nacional del Consumidor. Allí conoce a Gustavo Ponce –su jefe de finanzas en el Distrito Federal y fuerte apostador en el Bellagio de Las Vegas– de quien el ex jefe de gobierno dijo conocer poco o nada.
En 1988 rompe con el PRI e ingresa al PRD, con Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. Ese año compitió por la gubernatura de Tasco y perdió. En 1994 lo intentó de nuevo frente a Roberto Madrazo Pintado y de nueva cuenta es derrotado en una elección fraudulenta y sellada por los escándalos. Tanto el enorme gasto de la campaña de Madrazo como la alianza con el banquero Carlos Cabal Peniche fueron denunciadas por López Obrador, quien mostró en 16 cajas la documentación que probaba múltiples fraudes electorales y financieros cometidos por su adversario.
Por su parte, Roberto Madrazo, heredero de todas las miserias y ninguna de las virtudes de sus progenitores, quiere, como Andrés Manuel, instalarse en Los Pinos. ¿Llegará? Quién sabe, ojalá que nunca. El PRI vive una de las peores crisis de su historia.
¿Podrá Andrés Manuel, como el Pejelagarto, ese pez milenario que corcovea en los pantanos de su tierra, sobrevivir a la tempestad o terminará fagocitado por ella? Todo puede suceder.
El 27 de mayo de 2001, Rosario Robles viajó a Berlín con otros legisladores a invitación de la Fundación Friederich Ebert. Aún en ropa de cama recibió por teléfono una invitación. Del otro lado de la línea escuchó la voz de Carlos Ahumada. Le preguntó si quería tomar un café a solas con él. “Pero... estoy en Berlín...”, atinó a decir ella con el corazón tintineándole como a una colegiala. “Rosario, ¿puedes bajar? Estoy en el lobby y vine especialmente en mi avión a verte. Te echo de menos. ¿Vas a decirme que no puedes?”
Carlos Ahumada, un self made-man, con habilidades lo mismo para hacer negocios turbios (hasta con Roberto su hermano), como para desplegar su erotomanía, logró enamorar locamente a la dama del sol azteca y conducir al PRD a su peor crisis política y moral.
La biografía de Rosario es simple, casi cursi. Economista de 48 años, con dos fracasos matrimoniales, algunos amoríos sin importancia y una hija adolescente, supo adaptar su militancia de izquierda a la modernidad globalizadora. Ambiciosa y sensible –dura por fuera y demasiado frágil por dentro– no pudo sin embargo preservar su pobre corazón de un perverso cabrón, que por primera vez en su vida la trató “como a una reina y la hizo sentir mujer”.
Como una Rosa Luxemburgo a la chilanga, Rosario era una activista y una dirigente infatigable. En premio a su perseverancia y entrega a la causa, el viejo Cárdenas la nombró su segunda y luego de su partida, en septiembre de 1999, asumió la Jefatura de Gobierno del la ciudad. Cuando dejó el puesto en manos de López Obrador fue para ir a presidir al PRD. Sus aspiraciones de contender por la Presidencia de la República en 2006 empezaron a venirse abajo cuando se supo de su tendencia al derroche, ya manifiesta en el Gobierno del Distrito Federal y acentuada más tarde en la presidencia perredista. El PRD tenía una deuda de más de 500 millones de pesos. Los turbios manejos de los perredistas videograbados por Carlos Ahumada al entregarles grandes cantidades de dinero, y los embates de López Obrador, terminaron por dar al traste con la breve trayectoria política de Rosario. Carlos Ahumada me había dicho: “Ella será la próxima presidente de México.” Rosario sintetizó en una frase esta historia: “Mi error fue mezclar la política con el amor.”
Carlos Agustín Ahumada Kurtz, argentino de nacimiento y mexicano por adopción, dueño de la constructora Quart y de un pasado viscoso y alborotado, amasó una gran fortuna haciendo caer en sus redes a los priístas y perredistas que gobernaron la ciudad de México. Su vida personal, antes de llegar a México, es un enigma salvo para muy pocos. Sus empresas florecieron como por arte de magia al abrigo de las relaciones que cultivó con conocidos priístas: José Francisco Ruíz Massieu, Óscar Espinosa Villarreal, Óscar Levín Copel. De esas relaciones participaría más tarde a Rosario. Fue a través de él que la “Chayo” llegó a intimar más tarde con Carlos Salinas de Gortari, Roberto Madrazo y Marta Sahagún.
Tras los escándalos, que la arrastraban implacables, y que amenazaban con arrastrar a López Obrador y al PRD en su conjunto, Rosario se declaraba inocente. Pero ni ella ni nadie de su partido lo es.
En la cárcel, con demasiados enemigos en su historial y peligrosos secretos en sus manos, hoy da lo mismo quién o quiénes den la orden de apretar el gatillo que acabe con la vida de Carlos Ahumada y borre la putrefacción que implica a una casta política producto de la deshonra y la conspiración.
“El fin justifica los medios” pareciera la máxima preferida del comandante Hugo Chávez. Al poder llegó acompañado de una corte de militares supuestamente progresistas, un rejunte de políticos desahuciados de los partidos tradicionales, compinches y amantes y los infaltables y numerosos parientes propios y políticos. Todos estos conforman la nueva burguesía de la Quinta República: rica, ostentosa y derrochona gracias a los petrodólares revolucionarios y sin el menor sentimiento de culpa por los miserables de siempre que hurgan en los botes de basura de las calles de Caracas.
Declarado “socialista” sin mayores definiciones, amante de ver conspiraciones pagadas por la CIA, vástago de Fidel Castro y protector de cualquier guerrilla, enemigo de los “gringos” con los que comercia pragmáticamente el petróleo para financiar sus gastos mundanos y la compra de armas, Chávez se encamina a hacer del suyo un régimen autocrático.
Excéntrico, megalómano, histriónico y mujeriego, Chávez es producto del fracaso de los políticos tradicionales –como ha dicho John Lee Anderson de The New Yorker–, que no han sabido establecer vías de diálogo con él. Complotan, su discurso es racista, de clase; sacan el dinero del país y el nivel de discusión es bajísimo. Chávez, por tanto, es un hombre aislado, se cree un micromanager y cree estar dotado de un espíritu mesiánico. Es un showman, un idealista.
Venezuela es hoy un territorio caótico: la mitad odia a Chávez y la otra lo venera.
Desde el día de mi secuestro, justo el día en que salía a la circulación mi libro sobre la vida privada y política de Carlos Menem, nunca hablé con nadie de este episodio. La última vez que lo había visto, el 24 de octubre de 1999, al despedirnos acarició mi cara y me dijo: “Quiero decirte que te quiero mucho. ¿Qué le voy a hacer? Y siempre te voy a querer.” El mismo día, horas después de haber sido liberada, se comunicaron conmigo el jefe del Servicio de Inteligencia y el general Martín Alza, jefe del Estado Mayor del Ejército. Uno me dijo que seguro había sido algún menemista que no le gustó lo que escribí en el libro; el otro que debía haber sido la policía. Yo seguí mi vida como siempre. No iba llevar mi caso a un juez. En Argentina nunca aparecen los culpables. Quizás muy en el fondo yo también me sentía culpable. Argentina es un país violento. Menem exhibió el costado de esta violencia con toda su brutalidad y yo había sacado a la luz su dimensión íntima. Después de todo, “me salió barato”.

Esta historia que terminaba había empezado con la frase de Zulema Yoma cuatro años atrás: “A mi hijo lo mataron. A Carlitos lo mataron los mafiosos.” El helicóptero donde volaba el hijo de Menem y Zulema se había desplomado. Y ella decía saber quiénes eran y dónde estaban los autores del crimen.


Todo lo que rodeaba la muerte de Carlos Menem “Junior” y la pena de su madre era siniestro: las abiertas infidelidades de Menem; los ritos de magia negra, vudú y santería a los que eran adictos él, sus hermanos y amigos; las traiciones, corrupción y tráfico de influencias de sus parientes cercanos y de los familiares de la propia Zulema.
Recuerdo el impacto que me causó ver a Menem tirado en un sillón clamando por su hijo y exigiendo a su secretario una pistola para pegarse un tiro: “¡Yo tengo la culpa de todo, yo tengo la culpa de todo!”
En sus 10 años de ejercicio del poder, Carlos Menem mintió, traicionó, ostentó y perdonó con la convicción de un dios. ¿No era sino el reflejo de ese argentino prepotente y vivillo, el que se enriquece rápidamente y a cualquier precio, el infiel compulsivo, el que roba y no deja que lo descubran, el que nunca pierde, el arroja a su mujer por la ventana y la gente lo felicita por “macho”?
La admiración que Menem sentía por Don Corleone, el personaje de la película El Padrino, se justificaba a mis ojos cuando escuché, con un escalofrío que me recorría todo el cuerpo, la revelación de mi interlocutor (mi fuente). Ramón Hernández, el secretario privado de Menem, le había dicho: “Olga Wornat es la que sabe más sobre nosotros… y el jefe nunca se va a enojar por lo que escribe… Ella quiere tanto a sus hijos. Y cómo quiere a Luli y a Nico. Y cómo se preocupó cuando Nico estuvo tan enfermo. El mensaje intimidatorio era claro. Sólo en casa llamábamos a mi hija por su apodo y de la enfermedad de Nico sólo sabían unos cuantos.
Caminar al borde del abismo y salir indemne fue una manera de conocerme a mí misma, de sacar mis demonios y entender algo (sólo algo) de lo que nos sucedió a los argentinos en 10 años de locura.
A su retorno a Chile, después de 503 días de una cárcel de lujo en Londres, Augusto Pinochet, que se había fingido enfermo y loco, dio muestras, para mejor escarnecer a sus juzgadores, de salud y lucidez. El pequeño círculo social que lo ayudó a encabezar el golpe de Estado lo aclamó como “Padre de la Patria”. En su cumpleaños 82 y con la investidura de senador vitalicio, eso era lo que significaba para sus integrantes el octogenario general: “Un padre bondadoso y de mano dura que nos salvó del comunismo y nos enseñó a vivir. Le debemos todo lo que somos hoy…”
Para el pueblo chileno aquella figura caía como una ominosa herencia. Mientras que para unos era el abuelo benefactor, para otros era un asesino. Durante su larga estancia en la Casa de La moneda, luego del violentísimo bombardeo que ésta sufrió el 11 de septiembre de 1973, más de 3000 personas fueron asesinadas y otras tantas desaparecidas. Miles fueron torturados y sojuzgados en las mazmorras del régimen y otros tantos partieron al exilio.
Al ex dictador le gusta atribuirse haber dejado al país en manos de los civiles y disfrutando de un orden económico, próspero, moderno y estabilizado. Y antes también jactarse de su integridad moral. Había sido un dictador, pero un dictador honesto. En el 2000, sin embargo, el Washington Post reveló que Augusto Pinochet y su mujer son titulares de una cuenta millonaria –ocho millones de dólares– en el banco Riggs de Estados Unidos. De hecho, Pinochet y 38 miembros de su familia están siendo investigados por la policía de ambos países. En la primavera de 2005, la cifra trepó a 11 millones. El dictador no sólo asesinó, también robó.
“El Hombre” –así llaman sus acólitos a Lino César Oviedo–, llegó un día pistola en mano y a rastras sacó al dictador Rafael Sroessner de su oficina. “¿Quién es el hijo de puta que se me va animar? ¿Quién carajo va a defender a este tirano?”, me cuenta que dijo. Le había preguntado si alguna vez sintió miedo. “¿Miedo yo?” Yo soy el macho más macho de Paraguay”, me constestó.
Lino Oviedo sólo es comprensible a partir de la realidad absurda y disparatada –delirante, como escribió el escritor español Rafael Barret– de Paraguay, una pobre y desolada región de 406,752 km2 , enclavada en el corazón de América del Sur. Un país con una democracia enclenque donde se hermanan política, mafia y crimen. Un coctel de fraudes electorales, un partido hegemónico desde hace medio siglo, feroz represión política, fanatismo anticomunista y negocios ilícitos marcados a fuego en la psicología popular. Los tenebrosos personajes que han ejercido el poder y se han enriquecido desde tiempos inmemoriales haciendo negocios con el Estado, son todos millonarios. Tienen lujosísimas mansiones en Asunción, en Buenos Aires y Punta del Este. Son todos alumnos de Alfredo Stroessner.
Allí, “El Hombre”, después de erigirse en el hombre fuerte del general Andrés Rodríguez, consuegro de Stroessner tras el golpe que derrocó a éste, impuso en acuerdo con aquél, con un rico empresario apodado “La Tijerita” y “los varones de Itaypú”, a un desconocido ingeniero de nombre Juan Carlos Wasmosy. Peleado con éste por razones de negocios se sublevó. Fue echado de la oficina presidencial por Wasmosy. “Te voy a liquidar”, le dijo Oviedo por teléfono. Wasmosy se refugió en la embajada de Estados Unidos y logró que Oviedo se sometiera. “El Hombre”, cacique millonario, se aprestó a disputar la presidencia en las siguientes elecciones. No llegó al día de la elección. Después del asesinato del vicepresidente Luis María Argaña, furibundo opositor de Oviedo, huyó a Buenos Aires bajo la sospecha de ser el autor del crimen. Su exilio se convirtió más tarde en prisión. Purga la pena impuesta no muy lejos de donde se halla exiliado el ex dictador Alfredo Stroessner, quien relame sus garras sedientas de venganza. Ahora mandan sus tayras (hijos en guaraní). No puede otra cosa sino estar sastisfecho.

Las crónicas de Olga Wornat dan cuenta de la vida de otras mujeres, aparte de Marta Sahagún y Rosario Robles, vinculadas al poder a partir del arquetipo Eva Duarte de Perón, la inspiradora mujer de muchas otras, como la propia Olga, Cristina Fernández de Kirchner, a la que compara con Hillary Clinton, y la propia Marta Sahagún de Fox, a la que compara con Nancy Reagan. Otras mujeres están vinculadas a la literatura y al mundo del espectáculo: Epifania Ubeda de Robles, la mucama que sirvió a Borges durante 40 años, y que fue echada violentamente por María Kodama, la viuda del escritor argentino a la muerte de éste; Elena Garro, que sostuvo una relación amorosa con el escritor Adolfo Bioy Casares, también oriundo de Argentina, a lo largo de veinte años; Cecilia Carolina Bolocco Fonck de Menem, la ex Miss Universo chilena que no pudo disfrutar ni su luna de miel ni el tiempo que ha estado formalmente casada con Menem por la insostenible situación política del ex presidente argentino, y María Félix, cuyos restos fueron exhumados a petición de su hermano menor bajo la sospecha (al cabo infundada) de que “La Doña” podía haber sido envenenada por su asistente personal, Luis Martínez de Anda, a quien dejó toda su fortuna. Hay también testimonios en su libro de la propia Wornat como mujer enamoradiza y frustrada y como periodista en los frentes de guerra de Líbano y Pakistán. Y un par de apuntes: uno sobre Ernesto Sábato (el escritor loco que pinta a Kakfa y se quiere casar) y otro sobre Karol Wojtyla, el Papa Juan Pablo II (el último guerrero), que luchó contra el comunismo, contra la Teología de la Liberación y contra las tendencias liberadoras de la mujer y del clero favoreciendo, de paso, a la corriente más conservadora y ortodoxa dentro de la Iglesia católica y a las agrupaciones con más poder económico e influencia en su seno: el Opus Dei, los Legionarios de Cristo y Comunión y Liberación. Y también al gobierno de Estados Unidos y a las dictaduras latinoamericanas más sangrientas.


Crónicas malditas desde un México desolado, Olga Wornat, prol. de Jorge Ramos, Ed. Grijalbo, México, 2005. 359 págs.


13.05.05


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